domingo, 20 de noviembre de 2016

Entrevista con Antonio Seguí en París (Horacio Bilbao)

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  1. En la intimidad de su casa y atelier de París, una charla en la que se habla de su pintura pero, sobre todo, de su costado menos conocido por el público: el de coleccionista de piezas de otras culturas.
    Entrevista Antonio Seguí.El hombre que pinta y colecciona hombrecitos.

    Hay que bajarse en la estación Laplace, me había dicho Antonio Seguí, dos estaciones después de Cité Universitaire, o sea, en los bordes de París, un barrio suburbano que ha ido cotizándose con los años. La casa es fácil de reconocer, agregó, es la única que tiene una palmera en el frente y bambúes contra las rejas negras. No sé qué romántica asociación me despertó la palmera porque imaginé una casa pequeña, tropical, bohemia.

    La palmera estaba, en efecto, pero la casa resultó ser una residencia señorial de varias plantas y con el lustre añadido de haber pertenecido al mismísimo Raspail, el del Boulevard. Ahora, desde 1992, vive en ella Antonio Seguí. Vive y pinta en un atelier luminoso plantado en el centro del jardín. "Es un quincho atelier", me aclara cuando le pregunto por una chimenea/ parrilla de gran tamaño que ocupa una de las paredes del lugar. Los asados que Seguí dedica con pasión cordobesa a los amigos argentinos han alcanzado también su celebridad.

    La otra curiosidad del lugar es un gato negro enroscado sobre un banco que recibe el tautológico nombre de gato. Allí, con el olor tonificante de la pintura, en un desorden amable y vital que habla de su constante actividad, se inició una charla que pronto se fue extendiendo por toda la casa en una visita guiada donde nos mostró parte de su colección de arte africano y precolombino.

    Apenas entramos, vimos una pieza africana notable: "La cama del rey cuando está muerto", nos dijo, una pieza imponente de madera maciza. Pregunté ingenuamente por los banquitos que estaban alrededor. "No tienen nada que ver –aclaró Seguí–, es que muchas veces usamos esa cama para comer.

    Comemos en honor al muerto." En esta convivencia entre arte y vida cotidiana estriba el espíritu de esta colección que se despliega por toda la casa, desde la cave hasta la planta superior. Piso por piso y cuarto por cuarto, en el suelo, sobre mesas, estantes, vitrinas, o nichos, todo está cubierto por la presencia inquietante de grupos de figuras, de máscaras y objetos de culturas que nos son muy ajenas y lejanas, dejando sin embargo espacios vivos y amables -el escritorio, el comedor, los dormitorios, salas de estar- donde la vida sigue su curso. Un curso regular pero, para ser sinceros, singular.

    En su dormitorio, por ejemplo, de proporciones generosas, se extiende un ejército de guerreros nigerianos que llegan casi hasta el borde de su cama. Lo que no le provoca pesadillas ni le quita el sueño.(...)

    www,artehispano.com.ar

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