domingo, 19 de febrero de 2017

FORTUNATO LACÁMERA ARGENTINO-(1887-1951)

Comentario sobreDesde mi estudio

Desde mi estudio señala aspectos clave en la producción de Lacámera. Entre ellos, sobresalen el valor otorgado a la adquisición del oficio aplicado a la observación minuciosa del entorno cotidiano y la sedimentación de los motivos plásticos que lo identificarían hasta el final de su vida con el barrio de La Boca. A su vez, estos datos se enmarcan en un momento preciso de la trayectoria del artista, de afianzamiento profesional y consagración en el ámbito artístico de Buenos Aires.
Hijo de inmigrantes genoveses, Lacámera vivió y nutrió su pintura en los avatares del suburbio boquense, donde compartió la misma casa que sirvió de taller a Victorica y Quinquela Martín. Entre las diversas miradas que compusieron el paisaje del barrio, aquel privilegió naturalezas muertas e interiores. Desde mi estudio apeló, una vez más, a las posibilidades expresivas de la ventana abierta al exterior como medio de comunicación entre el adentro y el afuera. Mediante un lenguaje depurado, la atención puesta en la construcción del espacio y el impacto de la luz, el artista ponía en contacto un recorte de la ribera con el atelier. Los reflejos en el vidrio multiplican la visión del entorno portuario, mientras que el espejo devuelve otro ángulo del ámbito interior, despojado como el resto de la escena.
Entre la quietud y el silencio, Lacámera recreaba el mismo clima que lo había vinculado desde fines de los años 20 con las preocupaciones de la pintura italiana y el realismo mágico alemán (1). Esta vez, el camino recorrido sería distinguido con el Premio Estímulo de Bellas Artes en el XXVIII Salón Nacional y luego con el ingreso de esta pieza al MNBA en 1940. Para entonces inauguraba una nueva línea de acción con la creación de Gente de Artes y Letras Impulso, cuya sede inicial ocupó aquellos mismos rincones que observaba Desde mi estudio. Dirigida por el artista junto a un pequeño grupo de pintores y escritores locales, la agrupación hundía sus raíces en la tradición asociacionista del barrio y las ideas anarquistas que propugnaban la difusión popular del arte.Talía Bermejo
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3 comentarios:

  1. Estas líneas sobre la muestra de Lacamera no pretenden agregar nada nuevo al medular opúsculo crítico de la curadora María Teresa Constantín, que abarca todo lo que puede decirse del artista. Mi deseo es señalar cómo un pintor de la multiplicidad socio cultural de la que parte Lacamera pudo llegar a una unidad conceptual similar a la de otros que partieron de puntos muy distintos.
    Fortunato Lacamera es un bastión boquense, pueblerino, de facha clerical, como puede verse en sus autorretratos. Obrero, pintor de brocha gorda, recibió menguadas clases de pintura de Alfredo Lazari y consumó la vida en su barrio, casi sin salir de él. Al recorrer su obra advertimos que reina la claridad diáfana y serena, el color siempre contenido y bien elaborado, con sutilezas poco frecuentes en otros de sus compañeros de domingueras aventuras plásticas. Pocas veces aparece la figura humana en el paisaje, como luego se tornará genérico en muchos otros autores argentinos que arribaron a su vera.
    Ateo por educación y convencimiento, anarquista de buena ley y mejor cuño, necesitaba darse una razón antes de otorgarse un placer. De firmeza cabal en su doctrina y práctica diaria, como lo hacen muchos místicos, sacerdotes, rabinos, monjes u otros fieles. Era un hombre sencillo pero no simple, por eso fue maestro. Supo forjar su propio destino y posicionarse en el contexto histórico en el que deseaba estar. Nació, vivió y murió en su barrio; el límite máximo de su exploración geográfica fue, quizá, visitar las calles céntricas de Buenos Aires. No pretendió pertenecer al grupo de los vencedores ni gozar de privilegios. Fue siempre fiel a sí mismo y fervoroso de su estirpe obrera. Su barrio raigal se remonta a los orígenes de nuestra historia porque fue allí, durante la colonia, donde comenzaron a repararse los navíos que llegaban a recoger los cueros y tasajos. Fue anterior al barrio de Barracas, camino obligado para ir a los campos de la vastedad pampeana a través de la calle Montes de Oca, donde las pulperías entreveraban a nativos y a lígures marineros. Contaba historias recogidas de sus padres, heredadas de ancestrales generaciones.
    Este artista de la cotidianeidad, además de lo que ve todo hombre adocenado, se empeña porque es artista, hombre de espíritu, en descubrir lo esencial, lo trascendente que alberga en lo cotidiano.
    George Steiner sostiene que el crítico de arte es el observador más informado del grupo, cuya misión es mostrarle a los demás el valor intrínseco del artista y por eso debe tener concisión mental y acción consecuente. La diferencia entre un artista y un pintor reside en que el artista hace sentir lo que ve, tiene fuerza plástica en la estética que maneja. Abreviando: pinta de adentro hacia fuera. El pintor en cambio hace prevalecer lo estético en desmedro del fervor creativo.
    El cristianismo fue en Occidente el cultor máximo de las artes plásticas que tenía prohibido el judaísmo por temor a que la imagen tentara la idolatría. La pintura de caballete, como la muralista, fue utilizada para ilustrar y hacer vivenciar las anécdotas de los evangelistas en las iglesias.
    Dentro de estos artistas primitivos, Giotto, Cimabue y Fra Angelico son los más importantes para explicar el valor de la plástica de entonces. La luz es, en Fra Angelico, lo que le da a la imagen valor numénico llevándola a lo epifánico.
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  2. El impacto de la luz de Lacámera, se cuela por la ventana, es la luz del sur del continente, plena a un lugar de trabajo. Pienso en la luz de Vermeer, y se trata en este gran artista de una luz velada: no muestra el brillo y la nitidez de esta zona del mundo.

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  3. Grecia tuvo a Homero y a Fidias como pilares de la cultura occidental. Roma quiso tener historia propia, razón por la cual el Cesar le pidió a Virgilio que escribiera La Eneida.
    Durante el renacimiento, aquel güelfo entre los gibelinos y gibelino entre los güelfos que fue Dante, escribió en letra de uso popular La Divina Comedia. Y se hizo acompañar por Virgilio para recorrer el temido infierno. En la plástica florentina de entonces, los renacentistas se ufanaron por haber alcanzado lo epifánico. Revelación que llevó a Lord Byron a nombrar a Florencia la Etruria Helena.
    Esta digresión sirve para señalar que la luz propia de cada artista, como en el Renacimiento Fra Angelico, lleva al observador al descubrimiento de lo numénico, de la esencialidad que esconde toda realidad. Así Lacamera, en el encierro monástico de su estudio, filosofando entre bocanadas de humo de su pipa y la lectura de los periódicos anarquistas y algún libro, logró lo propio. Y lo hizo desconociendo los aportes que desde Husserl, pasando por Jaspers y continuando con Hidegger hasta llegar a George Steiner, como los existencialistas franceses Sartre, Merleau-Ponty, Camus y otros, que marcaron el rumbo que siguió sin conocerlos: al despojar la forma, el color, el claro oscuro… Para crear su luz e iluminar su plástica, realizó el proceso que Husserl llama “intuición vacía”, sin contenido preciso, que conduce a una revelación.
    No lejos de Lacamera, Cúnsolo en La Boca hizo lo propio.
    Fray Guillermo Butler (1879-1961), pintor esplendente aun no bien estudiado, por el camino religioso llega al mismo rumbo. Por su parte, Horacio Butler (1897-1983), pintor del Tigre, capta la luz del follaje del Delta. Giambiagi, que visitaba frecuentemente a Lacamera, al pintar nuestra selva misionera captó lo esencial de ella. Gertrudis Chale, que me cupo rescatar del anonimato, en sus paisajes de nuestra vastedad andina logró testimoniar su luz con frenesí posesorio. Y el pulido y refinado Roberto Aisemberg, por otro sendero, llegó al mismo destino, convirtiéndose en un místico judío.
    Las ideologías mesiánicas del siglo pasado buscaron a través de lo político llegar a la fraternidad humana que enunció Hillel, el sabio contemporáneo a Jesús de Nazaret, cuando se le pidió que resumiera la Biblia entera en síntesis extrema dijo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
    La psicopatía de Robespierre, que fulguró la revolución francesa, enunció para el mundo los tres postulados: fraternidad, igualdad y libertad. Ideario que Napoleón, en su sueño imperial, esparció por todas las tierras que conquistó, al sembrar en Occidente en forma laica la esencia misma de toda la cultura judeo-cristiana, con independencia de los dictados de la Iglesia Católica Apostólica Romana.


    Fortunato Lacamera 1887-1951 itinerario hacia la esencialidad plástica
    Museo Quinquela Martín, Pedro de Mendoza 1835, La Boca
    Fundación OSDE
    www.revistacriterio.com.ar

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